infoSostenibilitat, núm. 95, 30 de novembre de 2016
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Trump i los (no) compromisos de Marrakech

 

Hace un año, después de mucho trabajo tuvimos en Paris el acuerdo del COP 21, se llegó a un acuerdo demasiado tarde, demasiado pequeño pero suficiente para empezar a caminar. Tarde porque este año ya ha sido es el año más caluroso jamás registrado –ya estamos en 1’2 grados respecto a los niveles preindustriales-y los 16 años mas calurosos en la historia de la humanidad 14 han sido en el presente siglo (el otro fue en 1998). Y pequeño porque lo que se invierte son 91.000 millones de dólares y hasta el momento sólo se ha comprometido 9.100 millones (el o’9% del PIB español) para el mayor desafío del planeta. Pero aunque tarde y poco el acuerdo tenía algo muy importante: Había una asunción que no se puede superar los 2ºC de incremento de la temperatura respecto a los niveles preindustriales, y que no deberíamos superar los 1.5ºC para garantizar un normal desarrollo de la vida humana.

La clave: una concreción que comporte mayor ambición. Si los Estados cumplen con sus compromisos aún estamos en un escenario catastrófico, con subidas de 2’8ºC a 3’1ºc. Si no se hace nada mas de lo previsto, nos situaremos en una subida cerca de los 4ºC. Y como señala el mismo Departamento de Defensa de EEUU, en su revisión cuatrienal de su Estrategia Nacional de Seguridad el cambio climático es un “multiplicador de amenazas que agravan factores de presión existentes en el exterior como la pobreza, la degradación ambiental, la inestabilidad política y las tensiones sociales”.

El problema: que Trump llega en el momento más frágil, como denunció Nicolas Stern en el décimo aniversario de la publicación de Economics of Climate Change. Sabemos que los efectos del cambio climático son mucho más graves de los que inicialmente consideró y cuando tenemos sólo 10 años para cambiar de forma efectiva la tendencia.

¿Es el “desafio Trump” sólo una excentricidad? Creo que no. Es la pulsión de un mundo que se resiste a desaparecer, el de una industria extractiva que no sólo extrae energía del subsuelo sino que acumula poder, y que no quiere transitar hacia un mundo descarbonizado, porque ello supone no sólo perder riqueza sino hacer que la energía deje de ser ese instrumento de control que siempre ha sido. Trump es la reacción política al intento de frenar una tendencia: el 2015 casi se invierte tanto en renovables y eficiencia como en extracción y explotación de carburantes (515.000 millones frente a 585.000) a pesar que los combustibles fósiles -carbón, petróleo y gas- recibieron en 2015 de los Gobiernos del planeta alrededor de 325.000 millones (el año anterior habían recibido 510.000) de dólares en subsidios, mientras que las renovables recibían 150.000 .

Ahí es donde se ubica Marrakech. Una cumbre que tenía servir para determinar los sistemas de verificación, la fijación de objetivos concretos, conseguir compromisos de financiación y la implementación y los instrumentos de desarrollo de la cumbre de Paris, y que se ha quedado en una “Llamada a la acción climática de Marrakech”, una declaración de buenas intenciones de los países de mantener la voluntad política con la que se alcanzó el Acuerdo de París. Era fundamental responder a Trump en lo declarativo, pero lo que había que hacer era algo más; responder con una agenda y un compromiso concreto. Si Trump intenta perpetuar un modelo depredador y de control como lo que representa la industria extractiva, es necesario redoblar una agenda con compromisos aún mas poderosos que hagan de la energía, la eficiencia y las renovables un factor de enriquecimiento compartido, que permita reverdecer nuestras sociedades y a la vez reindustrializarlas sin deslocalizar trabajo.

¿Qué hacer? Actuar y avanzar. Vivimos en un entorno especialmente vulnerable. En el mediterráneo la temperatura puede subir hasta 5’1 grados según acreditaron miles de científicos en la MedCop de Tanger. Somos quienes mas camino podemos recorrer. En España tenemos todo el margen, siendo uno de los países más dependientes energéticamente del exterior -20 puntos más que la media de la UE-, aumentamos emisiones cuando nuestro entorno las reduce y hemos tenido una moratoria real para no instalar más energías renovables siendo únicos poniendo un impuesto al sol para así frenar el autoconsumo.

Pero hoy ya cuesta igual producir un kilowatio con fuentes renovables que quemando combustibles fósiles –sin tener en cuenta los costes ambientales-. Un estudio reciente de la European Renewable Energies Federation, conjuntamente con Greenpeace y Amigos de la Tierra explica como en el marco europeo es posible el abastecimiento eléctrico para más de la mitad de la población europea.

Trump es un peligro. Pero no le va a resultar tan fácil su propuesta ya que invertir en fósiles necesita de una aportación de capital muy intensa, con un retorno cada vez mas incierto –por cada unidad que se invierte en extracción cada vez hay menos retornos por la inaccesibilidad de los yacimientos-, sumado a la fuerte contestación social. Pero la mejor respuesta no es criticar sino hacer. Hacer una política que haga del cambio de modelo energético una palanca no sólo para luchar contra el cambio climático, sino para cambiar el modelo productivo y hacer que la relación entre energía y ciudadanía no sea un instrumento de control sino una palanca para democratizar la sociedad, multiplicando el autoconsumo y el desarrollo de fuentes renovables. Y es que no cumplir con París no sólo es un problema ambiental. Puede ser un problema económico y social para aquel que no lo haga.

Joan Herrera

 

 
 
 
 
 
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