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Secció Sindical de Treball i Indústria

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EL TERRITORIO SINDICAL

            El sindicalismo nunca ha ido más allá de ser una herramienta para la defensa de los intereses de los trabajadores, y estos nunca se han propuesto mediante ellos mucho más que mejorar o mantener su situación frente al capital.

 

            Hubo un tiempo en que las “vanguardias” obreras pensaron en el sindicato como herramienta de transformación de la sociedad, como palanca para decantar determinadas situaciones de las relaciones de producción hacia coyunturas más favorables a lo que se llamó los intereses de clase.

 

            Tras la caída de la centralidad obrera, tras la derrota del obrero masa mediante los movimientos de deslocalización del capital auspiciados por el triunfo de las tecnologías de la información; el papel de los sindicatos no podía ser otro que el de la reproducción de su propia estructura en una componenda con el capital que necesitaba estas organizaciones para legitimar la arbitrariedad de su dominio en una sociedad de presupuestos “democráticos”.

 

            Hoy, en España por ejemplo, las organizaciones sindicales dependen para su subsistencia de la participación que el Estado (que es ya uno con el capital) tiene a bien concederles en sus planes de “modernización” de las estructuras de dominio.

 

            Entonces. ¿Qué hacemos hoy en un sindicato? Veamos:

           

El conflicto político, en nuestro país,  pasó de la fábrica al territorio desde, por lo menos, los días de la reconversión industrial. Los trabajadores, a pesar de que la relación capital/trabajo sigue siendo central en las llamadas relaciones de producción, hemos perdido la fuerza que nos confería la centralidad obrera en su articulación de un “nosotros”, lo que unido al predominio del trabajo cognitivo e inmaterial y a la caída de los regimenes del Este, ha dejado al descubierto que ni las antiguas aspiraciones a mejorar la calidad de vida dentro del sistema, ni las que nos movían a transformar la realidad mediante el cambio revolucionario, pueden sostenerse.

No hay ningún relato que pueda hacernos creer que otro mundo es posible.

¿Qué podemos hacer en esta situación que ya ni tan siquiera puede llamarse coyuntural, puesto que la salida de ella no es posible a corto ni medio plazo?

No hay nada que hacer.

 

Nada que hacer desde el puesto de trabajo para la transformación revolucionaria de la sociedad y nada que hacer para que la inteligencia general de los trabajadores sea escuchada en las tareas de gestión del capital de manera que tiendan a hacerse más humanas y soportables.

 

Nada que hacer porque vivimos en una sociedad postpolítica en la que la realidad, es decir aquello de lo que puede hablarse y aquello de lo que se habla susceptible de transformarse en dinero, es una realidad despolitizadora.

 

Todos los esfuerzos del capital en los últimos tiempos, van dirigidos al control del territorio donde ya lo único que circula libremente son las mercancías. La única salida que nos dejan es la de, como en Matrix, inventar una realidad-otra, una realidad más compuesta de gestos que de palabras y cuya cotización en el mercado es casi nula. Sin embargo el gran temor de los administradores del capital es que esa realidad-otra puede surgir en cualquier parte y en cualquier momento, es imprevisible, como el ladrón en la noche y es que cuando todo el espacio está negado a la socialización espontánea de la gente, la vida puede agujerear la realidad.

 

Aquellas tecnologías que permitieron el desmantelamiento del nosotros que constituía una determinada composición ténica de la clase obrera en los distintos momentos de su historia, pueden ahora construir redes invisibles que afloran en lo social en formas de “botellón”, en forma de protesta callejera capaz de derrocar un gobierno atrapado en su mentira, o en forma de una orgía de incendios de coches u otros símbolos del proceso de alienación y filtro del capital llevados a cabo por seres sin esperanza unidos en red ocasional a un nosotros acaso aún por inventar.

 

Las leyes, ordenanzas y/o las normativas sobre civismo forman parte de esa red preventiva de la que necesita dotarse un Estado paranoico que habita constantemente la guerra para atemorizar y justificar su miedo a la libertad. Así existe una red a la que uno debe de estar conectado si no quiere morir socialmente. Las identidades se forman según los grados de adaptación a la red de alimentación del capital y por la potencialidad de posibilidades que para esa conexión hayan sido capaces de dotarse nuestras biografías;  saberes, habilidades, competencias etc. Es decir, las identidades, dependen del grado de sentido que pueden entregar, del valor que pueden añadir a ese centro inexistente y, a la vez, todopoderoso llamado Capital o Estado.

 

Somos una sociedad derrotada, una sociedad de seres solitarios, una no-sociedad obediente a las consignas, y sin embargo el poder sigue inquieto, a la defensiva, necesita ver en sus súbditos alguna forma de cohesión social controlable, identificable y pasa a normativizarlo todo en nombre del bienestar ciudadano. El poder necesita que nos movilicemos a sus consignas. Últimamente han decidido normativizar el uso del espacio público como si existiera, como si cualquier intervención en él no fuera ya ilegal hace tiempo; aún asi han conseguido ponernos de acuerdo en que puesto que el negocio todo está perdido y no hay más remedio que tragar, pues por lo menos no queremos oler a orin en el portal de casa tras la tortura del despertador. Este es el único consenso con que consiguen una movilización de las voluntades frente a una sociedad muerta.

 

-         Pero entonces ¿qué podemos hacer desde un sindicato hoy?.

-         Espera.

 

Las necesidades de cohesión social y movilización total de la sociedad que el Estado requiere para su tranquilidad es co-gestionada por los lideres sindicales convertidos en mediadores. Estos lideres se añaden a las discusiones culturales diseñadas por la ingeniería del control, una de cuyas estrategias más conocidas es la de separar las “problemáticas sociales” por sectores, las mujeres maltratadas, los inmigrantes, los accidentes laborales, el fracaso escolar, etc. con la intención de que las ciencias sociales que han detectado la antinomia (sociólogos, psicólogos, etc) puedan proponer su parchecito curativo para cada una.  Son también estos mediadores los que trabajan codo con codo con los departamentos de recursos humanos para justificar tal o cual reorganización del proceso productivo en nombre de salvar no sé que sacrosanta competitividad económica. Son los mismos que colaboran en la culpabilización de los trabajadores en paro mediante la alimentación de ideologías que les responsabilizan de la obsolescencia de sus competencias, animándolos a prepararse constantemente para el mejor funcionamiento de esa maquina movilizadora que niega toda creatividad que no este a su servicio.

 

 

Si todas estas funciones de modernización del aparato de dominio, son hoy tareas cogestionadas por el sindicalismo, ¿cómo podremos utilizar la institución que sustenta tamaña reproducción de la muerte de manera liberadora para los trabajadores?

 

Veamos amigo. Te invito a inventar una relidad. Te invito a ir al límite, a ponerte en juego. Te invito a vivir una vida que no sea prestada, a alejarte de una existencia consentida, tolerada. Te invito a hacer una apuesta sin esperanza, a gozar del placer de perder el miedo.

 

Si no hay nada que hacer, una infinitud de posibilidades de proyección se abren para la acción y casi cualquier cosa es posible. La página Web que presentamos puede ser un anónimo modo de contarnos las diferentes maneras como soportamos el dolor y las estrategias que utilizamos para esquivarlo.

 

Si la realidad es despolitizadora cualquier expresión de vida puede convertirse en acción política. Hasta una organización institucional es susceptible de aportar herramientas para la liberación si la utilizamos sin miedo ni hipocresía. No de manera suicida pero si dispuestos al harakiri.

 

Si el conflicto se ha desplazado de la empresa al territorio, llevemos el territorio a la empresa. Utilicemos el sindicato para construir una red invisible y apostemos por no dejarnos morir en la placida aceptación del miedo en nuestra pequeña seguridad funcionarial. Digamos que es mentira todo aquello que es mentira y no permitamos que la gestión de lo publico se convierta en simple administración de muerte. El territorio hoy es virtual, hagámoslo entrar en la empresa. Que aparezca o estalle cuando menos lo esperen.

 

Si hemos de desocupar las instituciones, hagámoslo por el camino del ostracismo, hagámoslas nuestras plenamente, no nos resignemos a una crítica protegida de la mirada de los mediadores. Convirtámonos en un problema para la reproducción de lo mismo. Que el silencio anónimo de nuestros gritos ahogados incomode a los oportunistas.

No se trata de cambiar el mundo a lo que os invito, sino de transformar nuestra realidad, de acceder a una vida vivida.

 

Si luchas estas perdido, pero si no luchas estas muerto.