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CARTA ABIERTA A LOS OBREROS AUTÓNOMOS ESCRITA,DESPUES.

¿Y si el tiempo se ha vuelto loco y Adán olvida remontar su caída?, ¿y si los querubines, asustados,  se enredan entre sus números y los multiplican?, ¿y si el principio inaccesible, empapado de soledad, se lanza rendido al enredo?.

Anónima.

 

I

Beligerante frente a los altibajos de mi destino, me presento arrogante ante vosotros, que semejantes a dioses heridos queréis buscar lo bueno sin diferenciar el bien del mal. 

        Más allá de cualquier materialismo médico o histórico quiere estar la voz que os habla. Por más que es evidente que vuestros cuerpos están sufriendo el deterioro del tiempo, ya sé que os habéis alejado de cada una de vuestras identidades lo bastante como para habitar un espacio en el que las llagas de la experiencia no constituyen por completo los rasgos de vuestras firmas, ni son su sustituto, y sospecho también, gratamente, que en vosotros lo del sexo no es más determinante de ese asco que expresáis que las vicisitudes pancreáticas o respiratorias que acontecen dentro de esa colección de órganos en la que os removéis y agitáis sin remedio.

        Para terminar mi saludo, os diré que estoy seguro de que cuanto vivisteis ....., que la felicidad que vivisteis, fue felicidad realmente, y que fue éxtasis vuestro éxtasis, y que cuando el recuerdo establece puentes hacia aquel tiempo en que los dedos de vuestros pies descalzos estuvieron a punto de tocar la luna, fue realmente la luna quien os hacía cosquillas en los pies al paso sin huellas de aquel caminar salvaje y entregado. Estoy seguro, camaradas, de que lo vivido fue irreal en un sentido superior. Lo vivido fue irreal como sólo puede serlo aquello más real que la realidad misma. La baja cotización que en el mercado de los sueños obtuvo el vuestro, le hizo perder la razón y el fundamento. Así pues, este sueño sin fundamento ni razón, vagando en la irrealidad, tuvo, tiene aún y tendrá mientras viva quien pueda recordar aquel aroma, aquellos tonos, trazos y colores, o mientras viva quien pueda imaginarlos, todo el sabor de una verdad verdaderamente vivida. Aunque no pueda hablarse de él más que con la mirada y a pesar de que su precio sea inapreciable, seguirá formando parte de esa imprescindible nostalgia de una realidad habitable que ha sido, repito, “verdaderamente vivida” por los que sin esperanza no están desesperados.

II

        Amigos míos, no conocéis el arte de obtener el favor de los dioses, sin embargo lleváis en la frente el estigma de los que han sido besados por ellos. Aún están atravesados vuestros corazones por las flechas de una experiencia sin iglesia jerarquizada donde la autoorganización de la asamblea mostró que era posible lo imposible.

        Cuando la esperanza que os arrastró ha caído, y cuando después, esforzándoos, os estáis librando de las viscosas ramificaciones de su estructura raíz, de su pretensión de árbol en cuyas ramas nos columpiábamos (también yo con vosotros) casi satisfechos hasta anteayer mismo; es cuando lo que hacemos, ya lo hacemos porque nos satisface en el acto mismo de hacerlo. Ahora, decimos, “ya somos soberanos de nuestro propio asco. Ahora ya no nos buscamos las pulgas, simplemente nos las sacudimos. Ya no hay estrategia a medio o largo plazo para nosotros, nuestro objetivo es estar vivos, viviendo. Así pues sin esperanza, nos vemos llevados por nuestras tripas a decir: “Alguien había de ocuparse de mi vida, yo lo haré”, y con esto entramos en una nueva dimensión del espíritu. Hemos llegado al yo desde el nosotros. Hemos visto nuestros rostros asomados al espejo del lago que reposa en el centro del laberinto.

        Pero no es resignación por haber caído aquí y no tener más remedio que aceptar el mundo, tampoco es una afirmación entusiasta, pero ha quedado algo de seria y amarga ironía  en nuestra solemne reflexión de estar aquí viviendo para vivir, (bien es verdad que no siempre con la gozosa serenidad de los sabios).

        El recuerdo de aquella lejana derrota nuestra no es más doloroso que la derrota misma, porque la derrota nos constituye hasta el extremo de experimentarla cada día en carne viva. Si los sucesos ocurrieron hace mucho tiempo, es ahora el tiempo de luchar para arrancarse esta opresión ante la que cualquier recuerdo aún resulta dulce.

        Podemos hacer planes como si fuéramos inmortales pero los dioses han guardado para ellos la vida y a nosotros nos han dejado sólo con la, por otra parte inconmensurable, posibilidad de hacer el tiempo tan denso que nos olvidemos de él y de ellos.  

  III

        Verdaderamente se conduce nuestro cuerpo por el umbral del dolor y no estamos entre los que pueden gritar “en el mundo todo va bien”, ¡viva el universo!. Pena, dolor, tristeza y desamparo nos abocan a un abismo profundo y, paradójicamente, penetrante. Abismo de los sepulcros vivientes, de los zoombis, noche de olvido que sólo se recuerda a sí misma, noche que se alza poderosa en su mediocre omnipresencia, noche que quiere instalarse como única realidad, ante la que cualquier rebeldía es vana.

        Hemos de intoxicarnos, embriagarnos de un entusiasmo delirante, hacer que la rabia loca rompa lo que nos rompe; esta oscuridad puede ser nuestro aliado frente a esa pretensión, tan estúpida como cruel, de la muerte en presentar nuestra estancia aquí como una estafa.

        Se trata de renacer, de un volver a empezar redimidos de todo el pasado hasta que nuestra nostalgia sea capaz de volver la mirada atrás sin melancolía.

        La ambición, la codicia, la venganza, el patriotismo y quizás algunas pocas cosas más, son capaces de regenerar a los hombres, transformarlos, resucitarlos a una nueva vida, pero de todas ellas ya ni la venganza está entre las que pueden excitar nuestro espíritu porque lo nuestro es asco y rabia, pero no resentimiento. Sospecho, amigos míos, que sólo el amor tiene la capacidad destructiva que hace nuestro renacer potencialmente subversivo, aunque la transformación por el amor no tiene la posibilidad de ser adaptada a la vida social. Frente al amor constatamos la desconfianza general, todos huyen cuando amamos sin juicio ni razón. En el amor estamos solos.

        Para que el amor pueda sentirse con toda la fuerza de su autoafirmación ha de estar dispuesto a matar, dispuesto al crimen, pero las nuestras son hoy pasiones inventadas, sólo la razón nos permite odiar a muerte, sólo la razón nos permite amar. O dicho de otra manera, para amar sin juicio ni razón hemos de abandonarnos al delirio loco de un sueño que este por encima de la ira y la rabia; es decir, hace falta un valor desconocido del que, sin embargo, tenemos constancia. Necesitamos para amar un ansia de “liberación” que enfrente ese miedo sordo que se adueña de nuestros pasos; acelerados a veces por borbotones de rabia como reflejos de luz en el espejo del pasado cuando la esperanza sí era capaz de arrojarnos a vivir el presente valientemente.

IV

        Hoy se presenta ante nosotros la imposición de la renuncia, más nosotros no sabemos ni queremos ni podemos renunciar a nada, nada nos constituye como sustancia única y nada es nuestra inconmensurable posesión irrenunciable.

        El que no puede renunciar a nada, está en la indecisión que le impide entregarse con entusiasmo a alguna cosa, permanece asediado por la ambigüedad y no divisa esperanza, pero cuando lo primero que se ha arrojado por la ventana es la esperanza, podemos entregarnos con pasión a la ambigüedad como única manera de enfrentar nuestros miedos y desafiar los límites que nos encierran.

        Pero esta entrega hace trampa, nada y guarda la ropa, es la veleta que nos sirve de guía, nada garantiza que no estemos dando vueltas. Se ejercita en la inteligencia y no dejamos que atraviese por completo nuestras emociones. Nuestra ambigüedad no es la de los santos. Nosotros no aspiramos a la santidad y aunque como los santos queremos vivir una vida más abierta que la de los pequeños intereses del egoísmo capitalista, no hemos experimentado nunca la presencia de un poder Ideal y Absoluto, así que cuando nos proponemos abandonar el lastre de las múltiples identidades colaterales que arrastramos, no nos estamos arrojando a los brazos de un destino de salvación, sabemos que ese abandono puede destruirnos y mantenemos siempre un ojo abierto, una actitud vigilante respecto de nuestra propia audacia. Nuestra individualidad es egoísta de una manera más elevada, no necesitamos renunciar al egoísmo, porque nuestro egoísmo es amor en acción esquivando las fuerzas reactivas, amor que se esconde y se escapa para no ser desactivado en las instituciones del amor obligatorio, y este centro emocional que nos hace egoístas no puede decirse que este exento de alguna forma de autosatisfacción, aunque sea la nuestra una autosatisfacción amarga. La satisfacción tramposa de quien sabe que la tierra no se abrirá bajo sus pies después de arrojar los dados; no queremos entregarnos a una inmolación suicida, aunque todo caminar firme y seguro nos hastía. Ni siquiera en la resistencia somos firmes, pues ya hemos ensayado el abandono imprevisible a la corriente general. Nuestra firmeza es tan sólo determinación resuelta de querer vivir mientras estemos vivos.

        Abandono de nuestras identidades que nos arrastra a una autosatisfacción amarga que vigilamos, despiertos en la noche, para no caer en la autoinmolación satisfecha, ni en el renunciamiento gozoso. Tensión de una vida vivida que ensancha nuestros horizontes por caminos de paciencia y fortaleza. Abandonados si, pero no a la fuerza de la corriente inevitable de un destino trazado por el capital que nos utiliza para vivir él. No hay vanidad en este gesto pero aún menos está asentado en la humildad, al contrario es modesto con los iguales, con los otros solitarios extraviados y se presenta arrogante, desafiante y hermoso frente a los enemigos.

        Ni ascetismo ni sacrificios para la pureza, la nieve que pisamos está manchada de sangre y bajo su manto se esconden huellas de estiércol e inmundicia, la misma mierda que, acaso, alimentará las flores de un deshielo al que ni mucho menos hemos renunciado; porque aunque caminamos hacia ninguna parte despojándonos de la melancolía y el resentimiento, no somos santos, no queremos ser santos porque lo que queda de nosotros ni olvida ni perdona.

V

        La guerra en campo abierto no nos es muy favorable en este momento, así que estamos buscando un equivalente que mantenga despierto y entrenado nuestro espíritu de guerreros irreductibles.

        Nos abandona la inteligencia, las emociones proyectan sus vectores de fuerza frente a nosotros, detrás nuestro, a uno y otro lado de cada uno. Es inefable, inefable pero cierto que aún estamos viviendo sobre estas ruinas desoladas en el desierto de los siglos. Inefable, y a pesar de que nuestro conocimiento carece de la cualidad que permite a los místicos penetrar lo insondable para el intelecto, a pesar de que no estamos iluminados; sin embargo algo se nos ha revelado a todos y cada uno antes de empezar a hablar, algo, que nos transciende a pesar nuestro, infundiendo un sentido a nuestra acción, un sentido que permite a los solitarios rodearse de semejantes; es algo transitorio, eventual, inesperado, pero deseado, cultivado incluso, aunque los cuidados a la semilla de lo inefable no tienen ciclos previsibles y sus frutos no admiten la estructura de una esperanza.

        No vemos la felicidad de todos los seres en un horizonte, ni estimamos la presencia del amor como la cámara tranquila en la que descansa nuestra necesidad de calma, nuestro miedo a seguir vivos en esta tensión de funambulistas.

VI

        Si es verdad que podemos contemplar los pétalos de una flor con admiración silenciosa, y que no necesitamos arrancarla para someterla al análisis microscópico o a las pruebas experimentales, también es verdad que nuestra reflexión tiene en la experiencia un punto de referencia y ya hemos visto crecer y marchitarse muchas flores para pensar que no crecerá ninguna más o para creer que estamos alimentando la última. En la contemplación de esta flor sabemos que el tiempo nos acompaña, incluso cuando conseguimos olvidarlo, porque al volver del otro lado del tiempo – del tiempo detenido, inexistente, del momento espaciado que habíamos construido – al volver, está lo nuestro más florido, más cerca de morir. Floreciendo fuera del tiempo se marchita también nuestra vida, aunque al menos, a veces, aún podemos sentirla viva. Es un regreso que a menudo va de la tristeza a la consciencia de la tristeza; sabemos de la tristeza porque vemos las gotas de agua en su movimiento entrópico vagando por el cristal de la ventana frente al que acabamos de descubrir que estábamos, sólo porque estamos ahí ahora que hemos caído en la cuenta. Ahora sabemos algo de la tristeza, el recuerdo de un momento de idiocia que no tiene tiempo pero que nos ha dejado, indeleble, el recuerdo de su aroma y el sonido rítmico de un pálpito que viene de fuera del tiempo y sin embargo lo está creando.

        No se trata de que estemos proclamando la grandeza de los frutos irrepetibles de un instante eterno, ninguna forma de omnisciencia o superconsciencia del mundo, es simplemente la confirmación de una afirmación heroica de la vida en una dirección elegida a pesar de la consciencia de su gesto efímero. Confirmación que nos permite proclamar nuestra firme determinación de continuar viviendo aquí, sometidos al tiempo incluso. Decisión que nos permite hacerlo tan denso que no pueda determinar nuestra voluntad, es decir, decisión que nos permite seguir siendo guerreros en busca de la vida y vivirla, ya que no fuera, si al margen del tiempo, acaso el único lugar en el que haya podido vivirse nunca/siempre.

 

        Sabemos que cualquier médico encontraría remedio a nuestra “enfermedad”, aislaría las causas de nuestra patología y recomendaría un remedio integrador que nos permitiera soportar más soledad y bajo los parámetros del tiempo y sus mediciones nos arrojaría –acaso contentos- a la cárcel de unas limitaciones que se tienen por “naturales” y que sólo son la quintaesencia del sentido común, las cárceles de la cultura que producen y reproducen el capital como si la vida pudiera ser objeto de este mercadeo negociado con los sacerdotes de la medicina, la economía o de otras ciencias.

        Así pues, ni mística transcendente, ni resignación a la repetición de lo mismo. Estamos en un juego esquizofrénico, saliendo y entrando en el tiempo del que no aspiramos a huir para siempre, aunque sabemos, vaya putada, que somos finitos. En esta locura afirmamos lo que podemos arrancarle a la vida, en esta locura nos procuramos las complicidades que se hacen sitio en medio de la vertiginosa corriente de los que, enfrascados en sus grandes dolores para gozar, niegan, apretados los dientes, su sufrimiento.

        Pero, ¿a que estoy diciendo nosotros y nuestras complicidades, si a penas soy capaz de esbozar las experiencias de mis emociones en esta lucha para no morir a manos de cualquier excusa de la razón práctica?

        Digo nosotros, ¿nosotros, quiénes?. Nosotros los solitarios, los que han decidido atravesar el desierto de soledades y se ven, sin embargo, agrupados en pequeños grupusculos de seguridad, grupusculos que sólo pueden definirse por la innumerable cantidad de los integrantes del grupo en un lugar determinado en un momento de su vida. Siempre nos podemos encontrar buscando los límites, desafiando sus fuerzas constrictoras, siempre en el margen difuso de las estructuras sin centro. No somos reconocibles ni siquiera por cada uno de nosotros mismos, pero nuestros cambios tienen siempre la misma dirección, vamos hacia un afuera que no esperamos encontrar nunca, porque nuestros retrocesos, nuestros regresos al orden, la paz y la seguridad son ya más duros e insoportables que todas las dificultades del avanzar desorientados.

VII

        No estamos divagando por derroteros decantados hacia la teología. Nosotros no tenemos despreciados el sentimiento, la emoción, el deseo, etc. En nosotros estas categorías actúan construyendo vectores del pensamiento, dejamos para los teólogos el desprecio intelectual del sentimiento. Nuestra razón está afectada por las emociones hasta ponerse al límite para abrazarlas o desafiarlas. No escurrimos el bulto ante la magia insondable de las miradas, no nos atemoriza la posibilidad de amar.

        Necesitamos de los otros, no somos autosuficientes, nuestra limitación es a su vez el desafío que como vivientes finitos nos ha tocado en suerte frente a la vida muerta. Junto a estas limitaciones la perspectiva de un destino sin teleología es nuestra opción frente al destino del capital y sus formas de muerte.

        Somos sujetos que quieren arrancar sus sujeciones, así que nosotros mismos somos el objeto de nuestra propia actividad y ésta viene determinada por la necesidad que tenemos de los otros, los demás. En las relaciones que establecemos fraguamos las argucias de nuestra liberación e inventamos las palancas del amor como herramientas activas de aquella. Pensando como pensamos con todo el cuerpo atravesado de fuerzas, hemos de hacernos con una hermeneutica que nos posibilite interpretar las afecciones a que nos entregamos.

De entre todas las fuerzas que nos afectan la del dinero es determinante, actúa como máscara del miedo y sustituto de toda comunicación verdadera entre soledades, actúa como reconductor de las acciones que las palancas del amor han puesto en funcionamiento, actúa como canal de las emociones y los sentimientos, el dinero nos mata para ser él quien vive en nosotros y en cada uno de nosotros.

En este querer arrancarse las sujeciones hemos inventado una frase–palanca que abre, hoy, las puertas de una infinitud de posibilidades potenciales de lo que quiera que sea el amor, una frase-palanca que desvaloriza el dinero, le hace perder su poder, una frase que es hoy,  verbo por excelencia, palabra de vida exenta de resentimiento y enfrentada a toda resignación. “¡Démonos dinero gratis!” es hoy la frase que si se asumiera plenamente nos haría autosuficientes en plural (no a cada uno) y la vida de quien la asume con todas sus consecuencias sólo puede ser expresión de la subversión total del orden todo.

No está mal para una pandilla de ateos entregarse a la vulnerabilidad de sus cuerpos, al experimento de decir, repetir y volver a decir, como si se tratará de una plegaria dirigida a preñar la nada de posibilidades, aquello que sus cuerpos no se atreven a hacer, entregándose al riesgo de que la acción del verbo mismo desarticule los miedos de vivir aunque sea sólo un instante.

VIII

Pero ¿por qué recurrimos a ese rodeo de “darse dinero gratis” , cuando tenemos frases más antiguas que significan lo mismo?.  ¿Por qué no decimos “amaos los unos a los otros” (-risas-) por ejemplo?. Pues bien, la milenaria frasecita significa lo mismo pero no puede cumplir la misma función estratégica; “amaos los unos a los otros” (-más risas-) no es capaz de enfrentarse a las fuerzas reactivas con el simple hecho de ser pronunciada. La dichosa frase no pude decirla más que el profeta, el iluminado, el enviado, el supremo constructor del verbo, pero nosotros que ninguno somos “el camino, la verdad y la vida” no podemos apelar al amor de manera tan explícita ya que no sabemos muy bien que cosa es el tal amor. Sabemos cosas que no es, pero no nos atrevemos a hablar en plural de una intuición personal de cada uno aunque sea más o menos compartida. Sabemos por ejemplo que para amarse hay que ser capaz de darse tiempo y que el amor sólo se manifiesta cuando el tiempo se ha espesado tanto que podemos sentarnos sobre él. Sabemos que amar es dar tiempo y que quien no se ama no puede darse. Sabemos que para darse hay que estar sentado sobre el tiempo sin saberlo. No puede haber calculo en quien se está dando en el amor. Sabemos que quien ama no dice nunca mañana. Respetamos tanto esa palabra, esa magnífica indeterminación del concepto, que aunque nos atrevemos a utilizarlo, y darle vueltas, nunca hablaríamos como si lo conociésemos, nunca nos atreveríamos a definirlo, no podemos ni queremos negar haberlo sentido, no negamos su potencia, buscamos sus efectos, y esto con no ser poco no es todo lo que es para nosotros que ya no sabemos decir más.  Así pues preferimos hablar de lo que conocemos preferimos producir efectos subversivos con las palabras cuyo significado dominamos a pesar de que sabemos que palabras como dinero, a menudo, son ellas quienes nos dominan.

“Darse dinero gratis”, cuestiona hoy el mundo de desamor, competitividad, incomunicación e impotencia en que está desarrollándose nuestra cotidianidad como no pueden hacerlo las apelaciones a valores como la libertad, el amor, la justicia o la verdad, porque aunque en su enunciado puede no apreciarse inmediatamente, las reacciones que desencadena este atentado al sentido común se asoman a un vacío donde las relaciones de los vivos pueden empezar a ser vividas.

Las críticas de los estrategas y otros solidarios profesionales a esta frase será que es irreal y que sólo sirve como provocación estéril; a estos hemos de hacerles saber que es en esa irrealidad en la que nos hemos ubicado y que no se trata de una provocación hecha desde algún refugio construido tras la derrota de nuestros sueños, ni un reducto de clandestinismo izquierdista para salvaguardar lo que quede de nuestra identidad rebelde. No.  Es verdad que nuestra vida transcurre en una realidad de pocos quilates, una realidad que hemos creado para hacernos sitio en un mundo okupado por la mediocridad y la estupidez de los intereses mezquinos, es decir los intereses de quienes incapaces de afirmarse a si mismos, afirman el dinero, (una realidad que, contemplada desde el sentido común, bien puede decirse que es irreal) . Pero no es verdad que pueda ser un refugio porque exige lucha constante y sin cuartel para mantenerse encendida, viva, ni una salvaguarda de la identidad porque también la nuestra se asienta en los parámetros de la realidad dominada por el sentido común y es justo ahí donde dirigimos nuestros embates más rabiosos (ya sabemos que no siempre con la misma furia).

IX

Esos embates rabiosos que nacen en alguna región “subliminal”, en algún rincón donde están las fuentes de nuestras pasiones, impulsos, placeres, disgustos y prejuicios de oscuras motivaciones. Ese lugar de donde provienen nuestras hipótesis, ideas, manías y otras operaciones no racionalizables. Ese lugar fuente y receptáculo de nuestros sueños. Ese lugar del que hemos recibido las fuerzas que nos posicionan frente al mundo, al tiempo que desde allí nos lo hemos representado (por cierto de manera tan poco precisa). Ese lugar que se nos aparece como un mar sin fondo, un océano en el que nunca se llega a las duras rocas abisales. Y es de ese ignoto rincón de inconmensurables distancias microscópicas de donde emergen las misteriosas fuerzas que constituyen nuestros cuerpos. Fuerzas que están en constante retroalimentación con nuestras experiencias percibidas siempre de manera individual, pero que sin embargo necesitan de formas de comunicación, tienden a chocarse, a cruzarse, a abrazarse, a morderse, a ponerse en juego frente a los otros y sólo así pueden hacerse visibles, tomar su forma provisional, afirmarse.

Estamos arrojados en ese laberinto de relaciones donde la frase “darse dinero gratis” se convierte, esta vez, en una buena frase-herramienta para SALIR DE ÉL buscando cómplices entre los que ya han visto, ahogado en el lago central, el cuerpo inerte de Narciso.

X

Amigos, no se puede terminar esta carta sin dejar testimonio expreso de que, a veces, me siento reconfortado a vuestro lado, no importa si no son muchas veces, y aunque no somos muchos ni sabremos cuantos seremos mañana, nos basta con saber que somos innumerables, es decir, más que suficientes para que ninguno de nosotros caiga desamparado en el lago del centro del laberinto.

Además nada indica que no podamos subvertir el mundo de tal manera que llegados al final del viaje no podamos sonreír diciendo que mereció la pena abismarse tanto.